22 de mayo de 2016

Juan Ramón Jiménez en un triángulo de algas

Por William Navarrete

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Por alguna razón que ignoro, cada vez que se evoca a Juan Ramón Jiménez (1881-1958), pienso en el parquecillo que en su memoria y paso por tierras de La Florida le consagró el Ayuntamiento de Coral Gables (barrio residencial que forma parte hoy de la megalópolis de Miami), uno de los sitios menos poéticos del mundo, rodeado de altas torres con ventanales de vidrio, en la zona más urbana de dicho barrio, exactamente en el cuchillo que forman las intersecciones de Alhambra Circle, Galiano Street y Merrick Way. La desoladora imagen no encaja con el recuerdo de los mejores versos de Romance de Coral Gables, el poemario escrito por Juan Ramón entre 1939 y 1942, un periodo que coincide con el ingreso del poeta, aquejado por una depresión nerviosa, en el Hospital de la Universidad de Miami.
El poeta de Moguer llega a Cuba después de salir de la península en 1936. Pocos poetas españoles – a excepción de Lorca y María Zambrano, y sin dudas con una intensidad diferente – se relacionarán tan íntimamente en esa primera mitad del siglo XX con la literatura cubana.  Apenas desembarcado en la Isla, en noviembre de ese mismo año, después de una breve estancia en Nueva York y Puerto Rico, Juan Ramón se pone en contacto con Fernando Ortiz, destacado etnólogo y entonces presidente de la Institución Hispanocubana de Cultura, e, inmediatamente, junto a este último, Camila Henríquez Ureña y José María Chacón y Calvo, se da a la tarea de reunir las voces poéticas contemporáneas de la Isla en una antología que se publicará ocho meses más tarde, en agosto de 1937. 
Escasamente mencionada, y para muchos completamente desconocida, la antología llevó por título La poesía cubana en 1936, publicada por la Institución Hispanocubana de Cultura, impresa en La Habana, y su edición fue precedida por unas breves palabras de Fernando Ortiz y un prólogo de Juan Ramón Jiménez (firmado en marzo de 1937). Al final de la selección, a modo de apéndices, se incluyó una Nota explicativa y la lectura de la presentación de la obra que Juan Ramón Jiménez realizó, en febrero de 1937, en un acto público organizado por la Institución a fin de revelar el nombre de los autores que se publicarían en la obra, así como un comentario final de Chacón y Calvo.

21 de mayo de 2016

“La de la poesía es una carrera de fondo”. Entrevista a Álvaro Valverde

Por José Manuel Sánchez Moro

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Álvaro Valverde nace en Plasencia (Extremadura) en 1959. Sobre sus espaldas, el trabajo de literaturizar la región extremeña, cuando yerma de ello estaba. Hijo de los tiempos de Ángel Campos Pámpano (con el que fundaría la revista hispanolusa en dos lenguas Espacio/Espaço escrito), Fernando Tomás Pérez o Miguel Ángel Lama, Valverde fue presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, coordinó el Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura entre 2002 y 2005 y dirigió la Editora Regional de Extremadura entre los años 2005 y 2008. Ha influido decididamente en las nuevas hornadas de poetas que le han seguido (contaba Jordi Doce, quien preparó su antología Un centro fugitivo para Ediciones La Isla de Siltolá, que rápidamente, apenas fue premiado por primera vez, le escribió para recibir su veredicto). Merecedor del IV Premio Fundación Loewe por Una oculta razón en 1991 (cuando era presidente del jurado Octavio Paz, al que Valverde, en entrevistas, ha calificado como una de sus más lúcidas influencias), su obra se expande por la gran mayoría de editoriales españolas de poesía: Visor, Hiperión, o las propias de la región extremeña, como De la luna libros y la Editora Regional, siendo, sin embargo, Tusquets Editores en la que con mayor asiduidad ha recalado. Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera y Más allá, Tánger han aparecido en la colección Nuevos Textos Sagrados de la editorial barcelonesa. Aunque se reafirme en su exclusiva labor poética, Valverde es autor de dos novelas, una de ellas, Alguien que no existe, aparecida en Seix Barral, y un par de libros de artículos. Como crítico literario y articulista ha visitado diarios, como ABC, Hoy o El Periódico de Extremadura y numerosas revistas (ahora, Turia, Cuadernos Hispanoamericanos y Clarín). Como lector (un lector generoso), regenta un blog personal donde, a diario, explica, fundamentalmente, todo lo nuevo que se hace y hay que tener en cuenta de la poesía escrita en castellano.

20 de mayo de 2016

El sentido y la creación de Basilio Sánchez

Por Sandra Benito Fernández

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Construir una memoria poética que entronca con lo colectivo: ese es el reto de Basilio Sánchez en La creación del sentido (Valencia, Pre-textos, 2015), que parte precisamente de los recuerdos más personales del propio autor que pone en pie el mapa de una ciudad que muchos identifican como la suya. Uno siente al leer La creación del sentido esa profunda convicción de encontrarse ante una obra que oscila constantemente entre la melancolía teñida de cierta inocencia ante los primeros coqueteos con la poesía y el ritmo relajado de una prosa que viste a las palabras –y no a la inversa–.
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) cuenta con una amplia experiencia como autor poético desde su primer poemario, aquel con el que consiguiera ser accésit del premio Adonáis, Al otro lado del alba (Madrid, Rialp, 1984). Por el camino, ha ido editando su impecable voz poética en Calambur, en Visor, en la Editora Regional de Extremadura, en la propia Pre-textos. Así hasta llegar al último volumen de poemas publicado hasta la fecha, el límpido testimonio de Cristalizaciones (Madrid, Hiperión, 2013). Se interna ahora Basilio Sánchez, sin embargo, en la prosa. Lo hace con esa exactitud en la elección de la palabra a la que ya nos tiene acostumbrados en su poesía. Algo de ello adelantaba en aquel último libro, entre sus Cristalizaciones, donde pudimos comprobar cómo esa comunión entre la vida y la literatura conforma uno de los temas nucleares para el poeta cacereño: «No nos basta solo con su presencia:/ las cosas necesitan ser salvadas,/ verse restituidas en su pérdida antes de que suceda». «El poema», recuerda la voz de aquel libro, «nos da las coordenadas de un espacio/ que inevitablemente tendremos que habitar/ solos o en compañía, para siempre».
Ese espacio común entre la literatura y la vida es el que explora Basilio Sánchez en La creación del sentido, donde el autor parece tirar nuevamente de un hilo tan frágil –el de la búsqueda de esa voz lírica que aquí nos narra desde los primeros años de la infancia– siempre a través de una emoción contenida pero indeleble. Esa es la gran conquista de este gran libro: la aparente sencillez con la que el escritor extremeño nos dibuja el recorrido por la creación de una voz poética propia que se narra desde la serenidad de los años pasados. Una difícil empresa que Sánchez cumple con puntualidad.

19 de mayo de 2016

El fervor de Miguel Floriano

Por Antonio Rivero Machina

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Dediquemos ahora unas líneas al fervor de otro joven poeta. Es Miguel Floriano Traseira (Oviedo, 1992) miembro de la autodenominada «curia secreta del Patarrealismo salvaje», si bien de secreta ya le va quedando poco. De manera constante y consciente, este grupo de jóvenes escritores asturianos –todos poetas y algo más– va asomando sus patitas salvajes por los umbrales del canon por venir. Sin embargo, las primeras huellas que esta sociedad poética nos va dejando sobre el parqué de nuestro parnaso, pese al desafiante epónimo con el que firman sus manifiestos colectivos, lejos de ensuciarlo con fango y ruido de ocasión –y no digamos más– hacen de la exigencia formal una de sus señas de identidad. Su desafío salvaje, aunque sé que se reservan otros registros en el cajón, va por estos últimos y domesticados derroteros. Y entiéndase esto último –lo de domesticado– como elogio, y no como desdoro. Porque el desafío de este grupo emergente –hacía tiempo que nuestra historia literaria no se encontraba ante una voluntad colectiva tan coherentemente premeditada– radica en su descarado fervor por tensar los límites y posibilidades del ejercicio poético más exigente.
Junto a Floriano, encontramos como patarrealistas destacados los nombres de Diego Álvarez Miguel (Oviedo, 1990), que con su Hidratante Olivia mereció el XXX Premio Hiperión en 2015; Xaime Martínez (Oviedo, 1993), quien también ha publicado en Hiperión su Fuego cruzado, a la sazón premio Antonio Carvajal en 2014; o el de Rodrigo Olay (Noreña, 1989), autor entre otros del poemario La víspera, publicado en 2014 en La Isla de Siltolá. Porque el caso es que, patarrealistas o no, Asturias prodiga últimamente jóvenes poetas a tener, como poco, en cuenta. Desde Pablo Núñez (Langreo, 1980), Sofía Castañón (Gijón, 1983), Carlos Iglesias Díez (Oviedo, 1983), Laura Casielles (Pola de Siero, 1986) o Alba González Sanz (Oviedo, 1986) a las más jóvenes Ruth Llana (Asturias, 1990), Sara Torres (Gijón, 1991) y Raquel Fernández Menéndez (Salas, 1993), entre otras voces. Todas ellas catalizadas por la excelente revista Anáfora, que suma ya cinco números desde mayo de 2014.
Es pues en este contexto digamos extraliterario en el que se inserta, como punto de partida, la iniciada trayectoria poética del autor de Quizás el fervor. Ha publicado también Floriano los poemarios Diablos y virtudes (Málaga, Seleer, 2013), Tratado de identidad (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2015) y la plaquette Solícito adiós (poemas acuciados) (Gijón, Heracles y nosotros, 2015). No escamotea tampoco un torrente de poemas por editar, junto a reseñas y comentarios diversos, en su Lujuria crítica, blog personal de elocuente título.

18 de mayo de 2016

Lo que cuentan mis hermanas, de F. J. Najarro Lanchazo

Por Miguel Ángel Lama

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Mucho y bueno puede escribirse sobre el panorama de la poesía de autores extremeños en los últimos treinta años; y mucho de lo mejor que podría escribirse constataría la realidad de los nuevos nombres surgidos en ese tiempo, unos nuevos nombres que han fundado su tradición —también— en la propia poesía de otros poetas nacidos en Extremadura publicada en los años ochenta del pasado siglo XX. Precisamente, la década en la que nacieron algunos de los poetas que, como Francisco José Najarro Lanchazo (Zafra, 1987), ocupan buen parte de las novedades poéticas de hoy: Silvia Gallego (1980), Álex Chico (1980), Urbano Pérez Sánchez (1981), Fernando Pérez Fernández (1984), Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta o Francisco Fuentes, todos del mismo año (1985), o Antonio Rivero Machina (1987). Es una satisfacción enumerar estos nombres que ya cuentan con uno o varios libros de poesía publicados; como lo es contar con otra promoción anterior de autores nacidos en los setenta, como Mario Martín Gijón (1979), la cosecha del 78 de José Manuel Díez, Luis María Marina o Julio César Galán, o Carmen Hernández Zurbano (1976) o Daniel Casado (1975), que fue el autor más joven de cuantos se incluyeron en el volumen de poesía de la antología Literatura en Extremadura que publicaron la Editora Regional de Extremadura y Del Oeste Ediciones en 2010. La obligada actualización de recuentos como aquel es el mejor síntoma de la vitalidad de un panorama literario lleno de hallazgos.
Lo que cuentan mis hermanas no es un nuevo libro de Francisco José —  «Paco»— Najarro; y es un libro nuevo. Es, principalmente, un ejemplo de una necesidad y de una confirmación. La necesidad de difusión y conocimiento de muchos libros que no superan unos escasos ejemplares o, al menos, una divulgación mínima. Por eso es una reunión de poemas representativos de La vespa amarilla (2009) y El extraño que come en tu vajilla (2012), sus dos primeros y únicos libros por el momento. La confirmación —en términos taurinos— es que se publica en Ediciones Liliputienses, que, desde 2011 viene haciendo una labor de edición de la poesía latinoamericana impagable, e igualmente de la poesía española, muchas veces en el formato de recopilaciones y antologías. Pero esta obra es algo más que eso; o, mejor, pide una explicación más precisa en la descripción de su contenido.

17 de mayo de 2016

De Homero a Javier Krahe. Pervivencia y reutilización de los mitos en la cultura popular

Por Jorge Carrillo Santos

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Son por todos conocidos los casos de poemas que se han convertido en canción gracias a las habilidades para la adaptación de algún músico, composiciones instrumentales que surgen de la intención de poner banda sonora a una obra literaria y motivos literarios que sirven para dar entrada o para cerrar una canción. Pero hablando de Javier Krahe podemos encontrar un sector muy amplio de su producción musical que toma textos literarios reformulándolos en lugar de musicalizarlos directamente. 
Si bien se declara seguidor de la poesía del Siglo de Oro español (obviando la importancia de la cultura grecolatina en la producción literaria de este periodo), en sus canciones no faltan influencias de otros periodos: desde obras de tradición clásica hasta la época contemporánea. Lo verdaderamente importante no es el uso de fuentes literarias para la construcción de sus canciones, sino que, más allá del motivo que más le convenga, basa su producción en transgredir esa barrera cronológica que articula nuestro modelo de estudio literario para conseguir actualizar los textos, lograr que pervivan dándoles un nuevo lenguaje. El tema principal y la métrica escogida se conjugan para participar de esa intención de revivir a los textos y de lograr que éstos pervivan a pesar del paso del tiempo.
Forma y fondo, siguiendo el irónico juego propuesto por Javier Krahe, se aúnan para lograr la pervivencia de una tradición muy actualizada (Martínez Cantón, 2013). Podemos verlo en su canción "Asco de siglo", del disco Cábalas y cicatrices (2002), en la que Krahe retoma un modelo de composición como es la elegía para ironizar (muy en su línea) sobre la pérdida de alguien apreciado: en este caso, el siglo XX. Alterna los elogios a los avances científicos y grandes personalidades al mismo tiempo que comienza su canción cargando contra ese siglo que, según parece, no le gusta nada. Tratándose de una elegía y contando con el genio creativo de Javier Krahe, ¿qué mejor modelo sobre el que construir su texto que una de las obras principales de la literatura española como son las Coplas a la muerte de su padre, de Manrique? La genialidad reside en que, como nos indica Martínez Cantón (2013), la escritura sigue el esquema propio de la llamada copla manriqueña en las estrofas primera, central y final, de modo que el contenido de la letra, el mensaje de Javier Krahe, no queda huérfano de un molde que no sólo lo sustenta, sino que potencia su efecto sobre el lector que es capaz de descifrar las claves que este cantautor imprime en su trabajo.

16 de mayo de 2016

Lo que me atreví a preguntarle a mi madre una noche de verano en un patio

Un poema de Lucía Tena Morillo

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Joven poeta extremeña, Lucía Tena ha cursado el Grado de Filología Hispánica en la Universidad de Extremadura. Alumna pues de nuestra Facultad, Tena Morillo tiene varios proyectos literarios entre manos, con un prometedor futuro. Con este poema, Lucía colaboró en nuestra segunda entrega, allá por la primavera de 2016.

15 de mayo de 2016

La mudanza

Por Jaime Romero Leo

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Sonaba Stella by starlight de Stan Gezt. Era Anna Karina viviendo su vida en alguna película de los años sesenta franceses, dando vueltas al borde del vaso con su distraído índice durante... ¿cuánto? ¿Quince, veinte minutos? Su silueta era tal cual la recordaba. 
Había olvidado cuánto hacía desde que se citaban en aquel restaurante. Cuando llegó, ella ya lo estaba esperando en su mesa. Todo sería ideal si no fuese por la peculiaridad de aquel biombo que los separaba y ocultaba al uno del otro. Ese que, su  acompañante, desde la primera cita, se empeñaba en instalar noche tras noche. 
La conversación fluía a través de la muralla de papel de arroz que los dividía. La misma voz, la misma risa. Todo era idéntico a pesar de que solo quedase la silueta. Esa pequeña nariz en algún furtivo recorte del perfil que la luz permitía traslucir a veces. Era ella. De alguna manera, seguía siéndolo.
Pasaban la velada recordando los buenos tiempos, aquellos en los que eran ignorantes y, como tal, jóvenes -y no viceversa, nunca viceversa. ¿Por qué había comenzado todo? Hizo memoria mientras ella seguía embelesada, mirando al vaso pero sin ver nada, transportada, seguramente, al parque en el que transcurrió aquella anécdota que hace apenas unos minutos recordaban entre silencios.
Durante la mudanza, entre los libros, había resbalado y caído la fotografía de un grupo de adolescentes sonrientes y algo desaliñados tras un día de turismo por alguna ciudad de Europa. Cualquiera, daba lo mismo. La imagen se precipitó al suelo con la suavidad de una hoja, trayendo consigo la impasibilidad del otoño.

14 de mayo de 2016

Donato

Por Elías Moro

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Al Donato, todo el mundo en el pueblo, principiando por el alcalde y pasando por mocosos y comadres hasta llegar al cura párroco, que según las malas lenguas fue quien se lo puso una tarde de julepe y vinazo, lo llamaba “El Tío Calambres”. Era este el título de una tonada muy popular el año que Donato vino al mundo, una aterradora y cargante melodía cantada por un tipo grandón y desgarbado que nos vino, en mala hora, del otro lado del charco a dar la matraca a base de bien y cuyas señas más distintivas no eran, que digamos, su exquisita ni embriagadora tesitura vocal y tipo apolíneo sino unas corbatas horrorosas –a cual más espeluznante– que le llegaban hasta la bragueta y unos mofletes fofos y repelentes en desplome continuo, como dados de sí, perfectos para arrearles un buen pellizco a mala leche. O una hostia en condiciones, a ver si se callaba de una puta vez el vocalista ultramarino con la cancioncita del copón. Ya te habrás dao cuenta que en este pueblo –bueno, como en casi todos, creo yo, que levante la mano y tire la primera piedra el que esté libre de pecao– somos muy de poner apodos. Y aunque las monjitas del hospicio –unas brujas, dicho sea de paso, no te fíes ni un pelo de ellas, yo te aviso– lo habían bautizao Donato por el santo del día en que apareció en el torno “berreando como un descosío y cagao hasta las trancas”, como aseguró, implacable y cotilla, la hermana tornera, y Expósito Expósito –éstos por desconocerse el apellido de los progenitores que, según todos los indicios, acaso fueran una pareja de temporeros que apareció por aquí para lo de la vendimia; y vista la tripa con la que ella llegó y lo esbelto de su figura cuando se marchó, no andaría muy desencaminado el rumor aunque “seguro, seguro, la muerte”, que decía mi abuela–), a tenor de la maña que se daba el mocoso con todo tipo de herramientas y utensilios apenas levantó dos palmos del suelo, con “El Tío Calambres” se quedó para los restos. Ya le podías llamar Donato catorce veces seguidas que el tío ni se inmutaba, no se daba por aludido, “pasaba de ti”, como suelen decir los mozos de ahora con su labia insulsa. 
Hasta el cartero (un lumbreras, el Ginés, que éste también es para traca) devolvía la correspondencia que le llegaba con su nombre legal, tal era la fuerza del alias. Como no pusiera bien clarito en el sobre “El Tío Calambres”, carta p´atrás como que mañana es domingo. Coño, no le entregaba ni las del banco, que más de una vez estuvo la tontería a puntito de costarle al Donato algún disgusto de los gordos.

13 de mayo de 2016

La fórmula de Platón ya no vale...

Un poema de Juan Manuel Barrado

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Poeta y profesor de Lengua y Literatura en la Enseñanza Secundaria, Juan Manuel Barrado ha publicado, entre otros, los libros Texto azul del Café Rocco (Col. Alcazaba, 1997), Suite Celan (ed. autor, 2002), Fragmentos de cal (El Gaviero, 2008) o Trece de nieve (ERE, 2012). Como poeta experimental su obra ha sido recogida en catálogos como Galería Dasto e incluida en antologías como Poesía visual española (Calambur, 2007). Con este poema inédito, Barrado colaboró en el segundo número de Heterónima.

12 de mayo de 2016

Tímidos del mundo, uníos

Por Javier Rodríguez Marcos

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“Es tímido, distante, poco afable”. Pensé que las noticias hablaban de mí, pero hablaban de un presunto homicida. Si hubieran dicho que era extravertido, cercano y cordial la descripción funcionaría, sin duda, como un atenuante. Como cuando se dice de un terrorista que parecía una persona normal. Distante, poco afable y tímido no podían ser más que agravantes. Me molestó la descripción. Como si hubiera una relación causa-efecto. Carácter es destino, les faltaba decir. Primero me molestó, más tarde me alarmó. Me tuvo nervioso todo el día. ¿Habrían escuchado las noticias mis vecinos? Bajé por la escalera para no tener que coincidir con nadie en el ascensor. Casi en la calle, a la altura del 1º D, me di de bruces con la señora Patro, 88 años. Me tiene cariño, yo lo sé, pero no olvido que alguna vez me dijo que su nieto también era muy tímido, callado, “como tú”. Traté de recordar si había añadido “distante, poco afable”. Luego escapé al portal.
Salí a la calle fijándome en todo, sonriendo a los desconocidos, saludando a gente a la que nunca había visto. Trataba de parecer afable, me temo que resulté sospechoso. ¿Demasiada ropa para un día de agosto? Maldita manga larga. Y todo por el aire acondicionado. Me acordé de un poema de Joseba Sarrionaindía que habla de un hombre que ha estado en la cárcel. Durante el resto de su vida, dice, dentro de él vivirá un condenado: ve fiscales y jueces por todas partes; cree que los policías, aun sin reconocerlo, lo miran más que al resto de los transeúntes. ¿Por qué? Porque su paso no es sosegado o bien porque es demasiado sosegado. 
Tímido, distante, etcétera. Parecía la primera línea de la condena: prisión permanente revisable, ese eufemismo para cadena perpetua. “Estás callada por indecisión y te llaman orgullosa”. Camino del quiosco se me pegó esa cancioncilla de Sr. Chinarro. Me puse a simular que hablaba con el teléfono móvil.

11 de mayo de 2016

Itinerario de la ocultación de la identidad en Lope de Vega: del pseudónimo al heterónimo

Por Ismael López Martín

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La producción literaria de Lope Félix de Vega Carpio es, en muchas ocasiones, biográfica, circunstancia que ha sido ratificada por la crítica en varios momentos. El Fénix –autor prolijo en todos los géneros literarios– supo insertar referencias a su propia vida en muchas de sus obras, aunque se ayudaba de distintos procesos de ocultación de la identidad, resolviéndolos él mismo en algunos casos.
El primer y más básico procedimiento que utilizó Lope para introducir apuntes biográficos en sus obras sin que saliera a relucir su nombre o el de las personas que se relacionaban con él fue el del pseudónimo. Se trata de un mecanismo sencillo porque básicamente requiere un cambio de nombre, sin más, y el autor puede atribuir a cada personaje una vida propia que, sin duda, está atemperada con las notas vitales del Fénix y de su círculo más cercano. El autor madrileño construyó toda una estructura de pseudónimos que se referían tanto a él como, fundamentalmente, a los distintos amores que mantuvo a lo largo de su vida, y ello se vio especialmente reflejado en su producción lírica, donde participó de una alteridad biográficamente recurrente durante varios años, ya que aunque pasaran el tiempo y los amores, el Fénix retomaba los pseudónimos de las destinatarias de su amor (o de su desamor) en distintas composiciones.Es muy importante anotar que Lope fue capaz de crear una familia de pseudónimos, unos personajes perfectamente reconocibles y que forman parte de sus obras en general, ya que son típicos personajes lopescos que aparecen en varias composiciones, como el caso de la familia Pez en Benito Pérez Galdós. Se trata, pues, de una complicación del concepto de pseudónimo que el Fénix supo llevar a buen término hace ya, aproximadamente, cuatro siglos. Algunos de esos nombres encubiertos, que se explican más adelante, han pasado a la posteridad y son muy conocidos.

10 de mayo de 2016

Amable sotavento

Por Rafael Banegas

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Me pide Antonio Rivero Machina, si así lo deseo, que escriba sobre mi concepto de la otredad, sobre los heterónimos, sobre los desdobles del creador y, en mi cerebro, como impulsada por un resorte, aparece la palabra ego. Feliz contradicción —que me pidan hablar sobre el otro y…— aunque en realidad he mentido parcialmente hace cinco segundos: el sagaz Antonio me deja la libertad de escribir un poema o un texto en prosa sobre esos conceptos pero suelo hacer caso a mis instintos más primarios y no puedo más que aprovechar este impulso inicial y exponer las ideas —pocas y deudoras— que he ido esbozando en mis dos primeros libros, donde he intentado explicarlas mediante otro lenguaje. Por muchos rodeos que dé, no creo que sepa manifestarlo mejor, pero no siempre le dejan a uno escribir sobre sí mismo mientras finge estar haciéndolo de los demás.
En mis coordenadas poéticas, la búsqueda del otro siempre ha tenido como catalizadores la necesidad de completarme y la necesidad de diluirme. Y cuando utilizo el pronombre personal me refiero al sujeto que habla en mis poemas: se parece tanto a mí que utilizo la primera persona, pero no soy yo, y perdonen por esta burda clase no demandada de teoría literaria. Aquí, en mi caso (y en el de otros muchísimos poetas), ya está el primer desdoble.
No he aspirado nunca a vivir en los extremos de Machado o Pessoa, bestias, creadoras de heterónimos (no entraré aquí en apócrifos o heterónimos), que necesitaban decir a través de otro aquello que ellos querían decir pero no hubieran podido —o querido— manifestar a través de su yo, o quizás existían verdaderamente para ellos, o quizás fuera un juego muy serio, o un impulso inconsciente, o todo a la vez, vaya usted a saber. Lo que sé es que dentro de mis juegos, de mi mundo literario, buscar al otro, pedir —incluso exigir— su voz, su presencia dentro del poema, es un ejercicio que me permite aderezar un poco las carencias de un sujeto poético parcial, fragmentario, con una linde necesaria. Es posible que de forma falsa, es posible que intentarlo no sea suficiente para alcanzar la pretendida —atención, palabra ostentosa— plenitud.

9 de mayo de 2016

La nieve, la electricidad

Un poema de Luis Chaves

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Considerado una de las figuras más destacadas de la poesía costarricense contemporánea, Luis Chaves recibió el Premio Nacional "Aquileo Echeverría" en la categoría de poesía por su libro La máquina de hacer niebla (La Isla de Siltolá, 2012). Es autor, entre otros, de los poemarios El anónimo (Guayacán, 1996), Chan Marshall (Visor, 2005) y Monumentos ecuestres (Germinal, 2011). También ha publicado los libros en prosa 300 páginas (Lanzallamas, 2010) y Salvapantallas (Seix-Barral, 2015), entre otros.

8 de mayo de 2016

De las voces que escribo

Por Mario Martín Gijón

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Todo empezó cuando empecé a oír la voz de aquel profesor desterrado en mi cabeza. Es cierto que me habían contado de un docente de la Universidad de Perpiñán que presumía de haber conocido a eminentes escritores y cineastas que, por edad, era bastante improbable que hubieran coincidido con aquel farsante. Pero había en la voz de quien me hablaba un cierto patetismo que lo diferenciaba de aquel sinvergüenza, algo que me recordaba a los dignos lamentos del exilio de Juan Rejano, o al testimonio de Manuel Andújar en Saint Cyprien, plage... Por eso le hice caso, y apreté los puños al escuchar su fatídico error en 1944.
Podría hablar de otra manera sobre estas cosas y desenrollar ahora el pergamino teórico de una poética de la ficción, invocando los últimos avances de la narratología cognitiva (Fludernik, Cohn, Ryan) que han superado las limitaciones del estructuralismo y aquellos críticos que se sentían más importantes que los escritores al diseccionar la literatura en base a sus funciones. Qué mayor simpleza que calificar, como hizo Roland Barthes, de “seres de papel” a quienes resultan más vitales que la mayoría de nosotros e igualarlos a “meras palabras”, como si no fuera evidente que no podemos olvidar a Julien Sorel, Diego de Zama o Maximilian Aue, aunque apenas recordemos las palabras con las que fueron conformados. En lugar de “actantes”, como el burdo Greimas, hablar de “conocedores” (cognizers) como hace Uri Margolin, me parece más sensato, y más simpatía aún me despiertan Thomas Pavel y Lubomír Doležel con sus teorías sobre los mundos ficcionales. Podría seguir por este camino, pero no haría sino justificar a posteriori lo que un escritor siente de una manera muy distinta, racionalizando algo que no se produjo así. Es peligroso practicar la crítica literaria cuando a la vez se escribe, pues el análisis de una obra muchas veces tiene el mismo efecto que la autopsia sobre un cuerpo vivo. José Herrera Petere, Ernesto Giménez Caballero o Máximo José Kahn podrían haber sido deslumbrantes personajes de ficción, pero fueron personas históricas, que ya fallecieron, y que por tanto no hablan sino a través de los textos que dejaron. Muy distinto es el caso de los personajes que, mal que nos pese, nos sobrevivirán.
Así, aunque coincidí en Lisboa con aquel francés que tomé al principio por ocioso jubilado de turismo, fue un mes después cuando, paseando por la playa de Alicante, desierta en aquella noche de otoño, se me reveló la verdadera tragedia que lo había llevado a retornar a la ciudad de su infortunio y deambular por las arenas de Caparica, al otro extremo de nuestra península. Cuando dos años después estuve en la Gare d’Austerlitz, creí atisbarlo subiendo de nuevo a un tren con destino al sur, pero me temo que no era él. El epígrafe de Pessoa que precede el relato fue quizás una insinuación de reproche por mi parte: Si hubiera leído al poeta del que tanto le hablaba Manuela, seguramente la hubiera sabido comprender.

7 de mayo de 2016

Infancia de la poesía

Un poema de Eliécer Almaguer

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Joven poeta cubano, Eliécer Almaguer es autor de los poemarios Canción para despertar al forastero (Eds. La Luz, 2010) y Si Dios voltease el rostro (Premio de Poesía San Arnoldo Janssen  2010). Ganador del "Premio Nuevas Voces de la Poesía de Holguín 2009" y del "Premio Nacional de Poesía Adelaida del Mármol 2012", entre otros; ha sido incluido en las antologías Nueva poesía cubana (Perú, Elefantes Eds., 2010) y Cuarta dimensión de la tarde. Poetas cubanos y hondureños (Eds. La Luz-Ed. Nagg y Nell, 2011).

6 de mayo de 2016

Non finito: refundición y plagio de un texto de Óscar de la Torre

Por Julio César Galán

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Hace años, allá por el 2006, le comenté a Diego Jesús Jiménez, amigo y maestro, que mi intención poética necesitaba dar cuenta de la amplitud del poema, de todo aquello que se queda por el camino. En su momento no me decidí con Tres veces luz y acabé por normalizarlo (El primer día (2) se mantuvo oculto hasta su justa consumación), pues este libro contenía aquello que vendría después: Inclinación al envés (Pre-textos, 2014) y aquello que aún no había enseñado en El primer día, poemarios que me van a servir para hablar un poco sobre identidad y concepción del texto poético. Empecemos por una serie de aforismos que son caros a cuanto quiero decir: 1.) “El proceso es el fin”; 2.) El poema es un aprendizaje por error, así que hay que mostrar también esos errores”; y 3.) “Crear es interpretar y viceversa”. Estos aforismos quieren dar cuenta de la poesía como transcurso y transformación incesante; quieren sacar el antes, el durante y el después del poema, así como las identidades que lleva dentro; quieren reflejar todo un conjunto de transtextualidad, hipertextualidad, paratextualidad, etc., el cual expone su visión del texto a modo de metamorfosis (también, de la identidad del autor y de sus otredades) o como versión plural y proteica. 
La muestra de las distintas vidas de un poema por medio de múltiples notas, de versos excluidos, de lectores integrados en el texto, heterónimos, versiones, reescrituras, tachados, lexicalizaciones, símbolos que hablan del inacabamiento de cada textualidad, etc, exponen todo un abanico de logofagias. Con este arsenal se intenta, en esencia, revelar la sinceridad de uno mismo con la creación poética, es decir, no caer en la concepción del poema como espacio cerrado, concluido y perfecto. Nos encontramos en la diseminación como una pluralidad de sentidos del texto y desde aquí podemos tomar, transformando a Derrida, las re-creaciones como reflejo de esa variedad.
En cada texto hay una labor oculta de reescritura, a veces palpable en borradores y revisiones que dan cuenta de su proceso genético, creando una serialización de espejos sobre el poema último. Corrección y reescritura: un elogio del boceto. Por eso, la creación poética, desde este punto de vista que vengo exponiendo, es un conjunto “de huellas del texto primitivo”. Versiones de un texto, un libro en el que se presenten los esbozos y las correcciones: una traducción de lo inacabado. Non finito.

5 de mayo de 2016

Citaciones y recordatorios (fragmentos)

Por Luis Yuseff Reyes

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Yuseff Reyes es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y merecedor de numeros premios literarios, ha publicado los poemarios El traidor a las palomas (Eds. Holguín, 2002), Vals de los cuerpos cortados (Eds. Holguín, 2004), Yo me llamaba Antonio Broccardo (Eds. Almargen, 2004), Esquema de la impura rosa (Eds. Vigía, 2004), Golpear las ventanas (Ed. Letras Cubanas, 2004), Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007), Los silencios profundos (Eds. Holguín, 2009), La rosa en su jaula (Ed. Oriente, 2010), Los frutos de Taormina (Ed. Matanzas, 2010;) y Aspersores (Ed. Letras Cubanas, 2012), merecedor este último del "Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén".

4 de mayo de 2016

Encuentros con Elena Poniatowska

Por José Ignacio Úzquiza

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En el convento de San Francisco, un monumento del siglo XVI en la ciudad de Cáceres, conocimos a Elena Poniatowska, recién llegada de México a España por primera vez, para asistir a un Simposio Internacional sobre literatura hispanoamericana que organizamos allí, en noviembre de 1990. No sabemos cómo fue, pero el caso es que Elena Poniatowska llegó aquí, un poco por el empeño y otro más por el acaso.
Meses antes del simposio me presenté en su casa de la ciudad de México para invitarle a venir a donde ella no sabía y desde ese día, hasta el día mismo del simposio estuvimos pendientes de su venida.
En Cáceres habló de la literatura testimonial en América Latina, un tema que ella había cultivado bajo diferentes formas, ya fuera con documentos testimoniales directos (La noche de Tlatelolco y la matanza de estudiantes en el México del 68, o Nada. Nadie y el terremoto mexicano de 1985), ya fuera también con testimonios indirectos (Hasta no verte, Jesús mío).
En esta última obra, Jesusa Palancares, o Fermina Bórquez en la realidad, es el centro de un entorno social anónimo y marginal, en contraste con el entorno de la propia Elena Poniatowska: un entorno letrado reconocido. A partir de aquí, el contraste entre ellas –Elena y Fermina–, las voces de ellas dos juntas interviniéndose mutua y recreativamente. «Lo único que hago es escuchar a un pequeño sector, que me ha dado su confianza y reproducir su voz. Escuchar ha sido siempre un gran aprendizaje para mí» (Revista AZB, septiembre.octubre 1995). Añadía luego, «y le saqué raja a ella» (Fermina-Jesusa).
Elena llegó a decir, con franqueza, que tanto «Oscar Lewis (con su familia Sánchez y su «antropología de la pobreza») como yo ganamos dinero con nuestros libros sobre los mexicanos que viven en vecindades desamparadas (…) Ni mi vida actual ni la pasada tenía que ver con la de Jesusa. Seguí y me siento ante todo una mujer ante una máquina de escribir» (Luz y luna, las lunitas, pp. 50-52).

3 de mayo de 2016

Dos poemas de M.G.V.

Por Manuel García Verdecia

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García Verdecia nació en Holguín, en 1953. Es poeta, profesor, traductor y editor. Licenciado en Lengua Inglesa, diplomado de Lengua Francesa y Máster en Cultura Cubana. Ha sido profesor en universidades de Cuba, Canadá, República Checa y México. Sus últimas publicaciones incluyen Saga de Odiseo (poesía, Ed. Unión, La Habana, 2006); Hombre de la honda y de la piedra (poesía, Ed. Unión, 2008); Camino a Mandalay (poesía, Eds. Holguín, 2008); así como Travesías (cuentos, Eds. Holguín, 2004); El día de La Cruz (novela, Ed. Oriente, 2008). De sus traducciones destacan Las musas inquietantes, poesía de Sylvia Plath, (Eds. Holguín, 2002); Intimate strangers, poesía cubano-canadiense, (Ed. Hidden Brook Press, Toronto, 2004); Hojas de Hierba, de Walt Whitman (Ed. Arte y Literatura, La Habana, 2006), El profeta, de Khalil Gibram, (Ed. Arte y Literatura, 2006), y El templo de mi espíritu, de Alice Walker, (Ed. Arte y Literatura, 2010). Ha obtenido varios galardones donde sobresalen el Premio Nacional de Poesía Adelaida del Mármol, 2000; el Premio Nacional de Poesía Julián del Casal 2007; el Premio José Soler Puig de novela, 2007; el XIII Premio Nacional de Poesía La Gaceta de Cuba 2008; el Primer Premio del concurso internacional La poesía lleva alas, de la Editorial Voces de Hoy, de Miami, EE.UU., 2009, y mención del Premio Casa de las Américas 2010.

2 de mayo de 2016

“La Riso”. Vientos de cambio en el panorama editorial cubano

Por Moisés Mayán

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Durante el primer mes del año 2000, precisamente cuando cruzábamos milenio y siglo de un portazo, comen-zaron a arribar a las distintas regiones de la geografía cubana unos extraños duplicadores electrónicos denominados Risograph. Como parte del envío de este inusual dispositivo, se incluía un ordena-dor con sus accesorios correspondientes, varios paquetes de hojas, el calificativo "Sistema de Editoriales Territoriales (SET)", y la urgencia de conformar planes de publicación emergentes.
Muchas provincias recibieron la implementación de la nueva tecnología sin ninguna experiencia, lo que significaba partir de cero; mientras en unos pocos casos, se contaba con un bregar de más de una década de trabajo con las llamadas "impresiones directas", realizadas en las antiquísimas máquinas Chandler del siglo XIX. Comenzó entonces en todo el país un proceso de adaptación, familiarización y estudio de los equipos donados por el Estado, con el inconveniente adicional de que dicho proceso debía ser breve en extremo, pues apremiaba conformar los planes editoriales correspondientes a los años 2000 y 2001, con solo una semana de diferencia.
La inserción de la Riso en la Isla debe enmarcarse en los términos de la política cultural vigente, que como resultaba obvio, no respondía a intereses de mercado; o sea, las editoriales estaban subsidiadas por el Estado y su objetivo no era (permítanme subrayar la frase) vender libros, sino contribuir a la materialización del esfuerzo de aquellos autores que no podían acceder a las casas editoras ubicadas en la capital. El rigor de las labores editoriales fue suplantado por un ajetreo al que no estaban acostumbrados nuestros técnicos y especialistas. Del proceso de selección de originales y conformación de los planes se transitó velozmente a edición, corrección, composición, diseño e impresión. Había que emular con la velocidad de la Riso, aunque la encuadernación continuaba (continúa) siendo tan artesanal como antes.

1 de mayo de 2016

Juan Ramón Jiménez en Coral Gables

Un poema de William Navarrete
Escritor cubano residente en París desde 1991, William Navarrete ha publicado más de quince libros de ensayo, poesía y narrativa, así como dirigido varias antologías y colecciones de literatura. Su poemario Edad de miedo al frío recibió el premio Eugenio Florit (Centro Panamericano de Nueva York). Su primera novela, La gema de Cubagua (Madrid, 2011) fue publicada como La danse des millions en la colección La Cosmopolite, una de las colecciones de literatura extranjera más prestigiosas de Francia (Stock, 2012). Fugas, su segunda novela, forma parte de la colección Andanzas de la editorial Tusquets y ha sido también publicada por Stock (2015). Con el poema inédito "Juan Ramón Jiménez en Coral Gables" colaboró en nuestro segundo número.

20 de mayo de 2015

La estetización del mundo, de G. Lipovetsky y J. Serroy

Por Alberto Venegas Ramos

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 Vivimos en una época convulsa, de cambio y transformación. La economía absorbe todo a su paso, condiciona el presente en el que vivimos de forma tan radical y fundamental que es difícil entender estos cambios de una manera global. Para paliar o solucionar esta grave situación ya no son suficientes los estudios autónomos relacionados con la cultura, economía, filosofía o antropología, sino que es necesario un estudio que abarque todos los puntos de vista, una obra general que pueda dar solución de una manera local y concreta a un problema general y global, la extensión del capitalismo, no solo geográficamente, sino también culturalmente. En palabras de Richard Sennet, parafraseando a Bell: “Daniel Bell divide la civilización moderna en tres esferas diferenciadas, que interactúan entre sí: la economía, la política y la cultura. El principio básico de la esfera económica, apunta Bell, es la economizacion de recursos. En la esfera política, el valor principal es la participación. En la cultural, lo es la realización y el desarrollo del yo. En el transcurso del siglo pasado, los valores de las esferas política y cultural se han ido mercantilizando progresivamente, siendo arrastrados hacia la esfera económica.”
De entre todos los estudiosos dedicados a la solución de este grave problema ¿cómo afecta el sistema capitalista a cada uno de nuestros momentos y ámbitos vitales y culturales? Destaca uno por encima del resto, Gilles Lipovetsky (París, 1944), filósofo y sociólogo francés. Este autor ha dedicado su obra y sus esfuerzos al estudio de la sociedad que hemos denominado posmoderna para pasar a hablar de otra sociedad, la presente, que ha denominado hipermoderna. Este nuevo tipo de sociedad estaría caracterizada por una serie de rasgos como el hiperindividualismo, el olvido de los valores tradicionales, la cultura de masas, la moda, lo efímero, etc. Lipovetsky ya desarrollo sus planteamientos hipermodernos en otras obras anteriores, de las que destacaríamos por su valor innovador y original: “La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo”, publicada por Anagrama. Esta nueva era del vacío estaría caracterizada, según el autor, por actitudes como la apatía, la indiferencia, la deserción, el principio de la seducción sustituyendo al principio de convicción o la generalización de la actitud humorística. Una radiografía precisa y adecuada de nuestro tiempo.

17 de mayo de 2015

La oculta producción poética de Fernando Aramburu

Por José Manuel Sánchez Moro

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 Con el revuelo ocasionado por la muerte de Ricardo Senabre, el que fuera primer decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, no recuerdo quién, valorando su labor rigurosa, de pocos parabienes, como crítico literario, se acordaba de él aludiendo a que igual bregaba por el medievo que por el último libro de Fernando Aramburu. El escritor vasco, en un homenaje de El Cultural, donde se reunió a varias personalidades del corte de Luis Landero o Álvaro Valverde, dijo que sus libros estarán huérfanos sin los cuidados del profesor. Asiduo, reconocía, a las críticas de Senabre, las cuales empezaba por abajo (dado que el catedrático gustaba de cerrar sus críticas recopilando errores de imprenta u ortográficos, evidenciando, se entiende, la ausencia de controles editoriales de calidad) definía su lenguaje como tranquilo. El gusto de Aramburu por todo aquello que huele a extremeño viene de atrás. Corría el año 1978 y como muestra literaria se tiene un Kantil que dos militantes de CLOC, Aramburu e Irazoki, le dedicaron a la poesía extremeña. Sobre esto hay textos anecdóticos debidos a Antonio María Flórez. Sin detenerme en ello, contaré por encima, un suceso extraño que le ocurrió a Aramburu en aquella visita a Extremadura, concretamente en Don Benito. Eran años difíciles (ETA a tiro limpio, la juventud desmelenada, un parlamento incierto) cuando en Donosti un grupo de jóvenes alocados, cercanos a la broma intelectual, la poesía y la provocación, se constituye en grupo literario. El grupo CLOC de Arte y Desarte. Miembros que hoy conozcamos: Aramburu e Irazoki. Uno narrador, el otro poeta raro (poesía en prosa, textos breves más propios de columnista con abundancia de referencias a nombres del artisteo musical…). Aramburu, acostumbrado al clima de Donosti, no daba crédito a la lluvia torrencial que se desató en Don Benito aquel día del 78 cuando se vio obligado a mendigar. A pedir limosna, dinero para costearse el viaje de vuelta al País Vasco. Recorrió bares y calles con suerte. Retornó de una pieza a Euskadi.
En el segundo libro de la producción narrativa de Aramburu, El artista y su cadáver,  aparecido como todos los suyos a excepción del penúltimo, Ávidas pretensiones –Premio Biblioteca Breve Seix Barral-, en Tusquets Editores, dentro de una complicada recopilación de textos breves (oscilantes entre el ensayo socarrón, el relato, la crítica literaria, las memorias) se puede encontrar el lector –es el último texto del libro- con algo así como una resolución de ser feliz por encima de todo. Un dilema que arrastraba desde hacía tiempo y que culminó un día cualquiera, precisa el escritor que a las tres y diez de la tarde. Y fue que decidió cambiar de atuendos y untarse el cuerpo de prosa.

16 de mayo de 2015

Sinónimo de querer

Un poema de Jorge Luis Pérez Reyes

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Escritor cubano afincado en España desde 2011, Jorge L. Pérez Reyes es Graduado en Filología Clásica y Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. En 2002 recibió la Mención Especial del Premio de la Ciudad de Holguín con el poemario Los que van a morir, así como el premio Voces Nuevas de la Poesía en la misma ciudad. Además de ello, Jorge Luis forma parte del consejo de dirección de la revista Heterónima, en cuyo primer número publicó este poema.

15 de mayo de 2015

Donde no habita el olvido (Homenaje a Ricardo Senabre)

Por José Luis Bernal Salgado

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Si el olvido habita en los vastos jardines sin aurora, donde campea la muerte, el recuerdo y la memoria habitan en la vida. Este guiño a Bécquer o a Cernuda, que tanto monta,  no es sino un reóforo emotivo para enderezar estas palabras dedicadas a un hombre señero, profesor e investigador ejemplar y modélico, del que tuvimos la fortuna de gozar vivamente generaciones de universitarios en Extremadura y del que seguiremos gozando y aprendiendo siempre como fieles lectores.
Hace aproximadamente treinta y cinco años don Ricardo, primer Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, llegó a su clase de teoría de la Literatura y me dio copia de un poema que yo desconocía entonces; su título era “Donde habite el olvido”, emblemático texto prólogo del homónimo libro de Luis Cernuda. Tras la encerrona de rigor, que nos aterraba y galvanizaba a un tiempo a sus alumnos, tuve que comentar aquellos versos ante mis compañeros y ante el propio maestro, con las únicas armas de mi magro entendimiento de estudiante de cuarto curso. Pasado el trance lo mejor que pude, con el paso del tiempo, se ha ido afirmando en mí una gratitud sincerísima por el mucho bien que aquellos ejercicios temidos me han deparado en mi formación de lector, en mi vocación de lector, vocación tantálica, pero llevadera gracias a los firmes asideros que nos dieron maestros como Ricardo Senabre. En concreto, volviendo a Luis Cernuda, nunca le agradeceré bastante a don Ricardo aquella elección, aquel tour de force a que me sometió. No es por ello mera convención amistosa o fatua cortesía la que me lleva a su elogio y aprecio, sino la honda certidumbre de que su memoria en mí y en otros muchos es imperecedera. ¿Y acaso no es esa la mayor gloria a la que aspira un profesor, un escritor?

14 de mayo de 2015

En tierra de nadie (Poema anotado)

Un poema de Javier Pérez Walias

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Poeta placentino y profesor de educación secundaria, Javier Pérez Walias es licenciado en Filología Hispánica por la Unviersidad de Extremadura. Es autor de una importante obra crítica y poética con poemarios como A este lado oscuro del cauce (Universidad de Málaga, 1992), Versos para Olimpia (Imperdonables, 2003), Los días imposibles (Calambur, 2005), Largueza del instante (Martín Santos, 2010) o Al Qarafa (De la luna libros, 2014). Recientemente Eduardo Moga ha publicado una completa selección de sus versos en Otrora (Antología poética 1988-2014) para la editorial Calambur. Con este contundente poema anotado, 'En tierra de nadie', Pérez Walias colaboró en el número 1 de Heterónima.

13 de mayo de 2015

Verdadera destreza

Un relato de Alberto Escalante Varona

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No hubo en toda la villa rivalidad más encarnizada que la que entablaron don Carlos de Solís y su mellizo, don Pedro. Como tales, fueron íntimos; como tales, fueron extraños. Juntos conocieron el solaz de la niñez, y la frialdad de la madurez. Sabía uno las flaquezas del otro, compartían el respeto hacia sus bondades, y se comprendían tanto como se repudiaban. Suya fue la perfecta semejanza, y cuanto más grande era esta, tanto igual su irreconciliable diferencia. Pues uno se consagró a las Letras, y vio Salamanca sus empeños, y doctor volvió a su hogar. El otro tanteó a Dios, para acabar tentado por el corazón. Y, como en todo relato que se precie, cuentan que hubo una mujer, una bella, fuerte y culta dama que a ambos nubló los sentidos y la razón. Ninguno sucumbió, pero las flaquezas que revela el amor son imposibles de aceptar para el hombre noble. Y ha de purgarlas en acero.
Y ambos, caballeros, completaron su inteligencia con la devota servidumbre al rey y a la patria. Don Carlos jamás comprendió la guerra, aunque en Flandes fue gallardo; mas don Pedro, pendenciero, en Argel licenció su descaro bajo el signo del infiel. Aunque cuentan los rumores que no hubo tal ofensa, y que cautivo fue el Solís a su pesar, para el padre tal desprecio fue algo imperdonable. Y desde entonces, el Sol invicto que adornaba la fachada del palacio familiar, presumiendo de su renombre, se vio deslucido por otro escudo paralelo, un hermano en otra calle, un deslucido sol de gesto furioso en un oscuro rincón aledaño. Cuando don Carlos volvió, después de muchos años, heredó hacienda, nombre y deshonor. Y curtido, cansado e impasible, forjado por el horror de la muerte fugaz junto al compañero, dedicó su restante empeño al estudio, la calma y el olvido.

12 de mayo de 2015

El Otro

Un poema de José Manuel Díez

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Músico y poeta, como autor literario a recibido premios como el Conmemorativo Luis Rosales, el Vicente Aleixandre, el Cáceres Patrimonio de la Humanidad, el Ciudad de Burgos y el Hiperión. Es autor de los poemarios 42 (Nuevas letras, 2004), La caja vacía (Visor, 2006), Baile de máscaras (Hiperión, 2013) y Estudio del enigma (Visor, 2015). A este último libro pertenece el poema 'El Otro', publicado en nuestro número de la primavera de 2015.

11 de mayo de 2015

Poerorata sobre si yo soy yo en mis poemas et al.

Por Ben Clark

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Si hablamos de poesía —hablemos de poesía— hay algo que siempre me ha llamado mucho la atención y no creo que esté fuera de lugar comentarlo ahora aquí, entre amigos. Sucede que los lectores de poesía —happy few— suelen considerar, no sin razón, que lo que están leyendo es algo así como la intimidad del poeta, su alma, podríamos decir si nos permitiéramos utilizar la palabra «alma» en un texto —cosa que no haremos—. Sucede, digo, que uno lee un poema y piensa que lo que lee allí es lo que siente/piensa/¡es! el poeta. No estoy hablando de verdad o verosimilitud. No sugiero que los lectores de poesía —suponiendo siempre que existen todavía— se creen lo que leen. Claro que no. Saben que puede haber ficción y saben, también, que la ficción no es un obstáculo para la verdad de un poema. Pero sí que creen que los sentimientos que encuentran (ya que acuden al poema en su búsqueda) son verdaderos y suponen, con razón como ya he dicho, que el poeta está necesariamente detrás de ese sentimiento o de esa sensación que les ha creado el poema. Esta creencia viene de lejos y ha conseguido colarse en el maltrecho imaginario colectivo de modo que, ante una sencilla encuesta que planteara cuál de estos tres géneros literarios (podríamos, llegado el caso, sustituir las palabras «géneros literarios» por «cosas») revela más sobre su autor: el teatro, la narrativa o la poesía, saldría, creo (no lo he comprobado), que la poesía es la literatura más indiscreta. Creo que se trata de una creencia equivocada. Como poeta he sufrido más de lo deseable la falta de distancia que se presupone que hay (o que no hay) entre mis textos y yo. Mi madre iracunda/dolida porque afirmo en un breve poema que mi infancia fue deleznable; una novia iracunda/iracunda por un poema erótico sobre una camarera (en mi vida me he visto en tal aprieto). En estos casos el dolor y el enfado no nacían de la creencia de que aquello fuera verdad (mi madre sabe que mi infancia fue estupenda y la novia sabía que la camarera no me tocaría ni con un palo) sino de la creencia firme de que el sentimiento que motivaba estos poemas era verdad: yo aborrecía por algún motivo mi infancia y sentía un deseo bochornoso por la camarera.

10 de mayo de 2015

Número identificativo

Un poema de Sandra Benito Fernández

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Poeta placentina graduada en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura, Sandra Benito Fernández ultima su Máster en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el contexto Europeo por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Ha investigado sobre autores como Jovellanos y Benito Pérez Galdós. En estos momentos coordina el proyecto Heterónima. Revista de creación y crítica como Secretaria de Edición. Sandra es profesora de Lengua y Literaria. Con el poema 'Número identificativo' colaboró en el primer número de nuestra revista.

9 de mayo de 2015

El nombre, el editor, el poeta

Por Francisco José Najarro Lanchazo

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La poesía se compra por el nombre, como el Fairy. Dependiendo de la cantidad de veces que el autor haya sido nombrado, así son las ventas (aunque esto repercuta poco en el poeta y éste deba conformarse con lavavajillas de marca blanca por ser el Fairy exclusivo para los que pueden ensuciar tanto plato). Sin contar con los clásicos, que parten con ventaja en la repetición de sus nombres por los años, los libros de poemas rara vez llegan a las manos del lector tras echar un vistazo en la librería. El lector de poesía mete la mano en el bolsillo cuando ha oído un nombre antes, una joven promesa, un poeta ya hecho y derecho del que todos hablan y que aún no ha leído, algún premio, o el fallecimiento reciente del autor. Los editores lo saben muy bien, ¡anda qué no son listos los editores! Y así crean jóvenes promesas, encabezan generaciones con poetas hechos y derechos y antologías, y rescatan poemas no publicados del poeta muerto. 
(Para que quien lea este artículo no malinterprete mis palabras, fijo y lustro aquí que el editor no es el demonio.)
La editorial de la Universidad Diego Portales, de Chile, tiene un catálogo espectacular, o eso podría decir cualquiera con un simple vistazo a los nombres que en él aparecen, ¡de nuevo los nombres! Pero tuvieron un pequeño fallo. En 2003 publicaron Poemas del otro, del poeta patrio Juan Luis Martínez, explicando al lector que el libro contenía “material hasta ahora inédito: ocho poemas poco difundidos encontrados en diversas publicaciones, más un pequeño conjunto de entrevistas y conversaciones que quedó registrado de este poeta imprescindible.” Juan Luis Martínez fue un poeta poco común, como se puede ver en su obra maestra La nueva novela, donde hay poesía y juegos lógicos, humor e inteligencia, o en el libro-objeto La poesía chilena, una caja que contenía entre otras cosas los certificados de defunción de los cuatro grandes poetas chilenos hasta el momento: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha. Poco común por su concepción de la autoría y su ego. Antes de morir, en 1993 y a los 49 años de edad, el poeta encargó a su mujer que quemase todos sus poemas cuando falleciera.

8 de mayo de 2015

Máscara que susurra

Un poema de Silvia Gallego
 
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Poeta de Madrigalejo y profesora de educación secundaria, Silvia Gallego estudió Filología Hispánica así como Teoría de la literatura y Literatura comparada en Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura. Silvia es doctora por la Universidad de Granada con su tesis sobre la obra crítica de José Luis Cano. Sus poemas han sido recogidos en varias antologías y es autora de las plaquettes Trazos de color (2008), Beso de almohadilla (2009) y Renglones de asfalto (2011), así como del poemario Espía mi bolso (Cuadernos del laberinto, 2013). 'Máscara que susurra' es un poema sobre la otredad con el que colaboró en el número de la primavera de 2015.

7 de mayo de 2015

¿Poesía basada en hechos reales?

Por Irene Sánchez Carrón

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Aunque ambos propósitos no son excluyentes, siempre he percibido la poesía más como un género de ficción que como un vehículo de expresión de los propios sentimientos y vivencias biográficas. Así nos lo enseñaron los tratados más básicos: los géneros de ficción son la novela, el teatro y la poesía. Sin embargo, si con la novela y el teatro no existen vacilaciones al respecto, el carácter ficcional de la poesía no es aceptado siempre con tanta naturalidad. De esto empecé a percatarme no cuando comencé a escribir sino cuando mis poemas salieron del cajón y yo, la autora real, me vi frente al público en lecturas poéticas y talleres de creación. Pronto me di cuenta de que al menos una parte del auditorio parecía demandar que la anécdota del poema estuviera siempre respaldada por una vivencia personal de quien lo había escrito.
Mientras en una novela o en una obra de teatro puede resultar anecdótico y hasta curioso que la trama se base en hechos reales, en una composición lírica el poso de realidad se da por hecho, hasta el punto de que en poesía lo anecdótico es que la composición se base en experiencias que no le han sucedido al propio autor. Si en algunas películas se nos advierte de que la trama está basada en hechos reales, en poesía sucede todo lo contrario: la advertencia se hace cuando esto no es así. De estas reflexiones y reivindicaciones de la ficción dentro del género poético ya dejé constancia en un breve artículo que puede consultarse en internet, titulado “Los falsos días hermosos: la poesía como género de ficción” (Sánchez Carrón, 2006).
Como ya ha señalado la crítica, esta identificación del sujeto lírico con el autor real llega a su máxima expresión con el Romanticismo y ha dejado una gran impronta en la interpretación de los textos, impronta que llega hasta nuestros días. El deseo de escapar de esta identificación ha llevado a muchos autores a echar mano de recursos como la heteronimia, los apócrifos y los correlatos objetivos. Se trata de intentar que el auditorio olvide por un momento al autor de carne y hueso y selle el mismo pacto ficcional que acepta para la novela y el teatro. Machado busca su mejor “yo” cuando se disfraza de Juan de Mairena. Félix Grande huye de la poesía que había escrito anteriormente creando a un heterónimo, Horacio Martín, que se expresa de otra manera y transita otros temas.

6 de mayo de 2015

El habitante

Un poema de Martha Asunción Alonso

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Joven poeta madrileña licenciada en filología francesa por la Universidad Complutense, Martha Asunción Alonso ejerció entre 2014 y 2015 como profesora en la Facultad de Filosofía y Letras y en la Facultad de Formación del Profesorado de Cáceres. Ha publicado los poemarios Detener la primavera (Hiperión, 2011), La soledad criolla (Rialp, 2013), Skinny Cap (Libros de la Herida, 2014) y Wendy (Pre-textos, 2015), entre otros trabajos. Ha ganado, asimismo, los premios Antonio Carvajal de Poesía Joven, Adonáis, Premio de Poesía Joven RNE y el Premio Nacional de Poesía Joven. 'El habitante' es el título del poema con el Martha colaboró en nuestro primer número.

5 de mayo de 2015

La pseudonimia en Vicente Aleixandre

Por Alejandro Duque Amusco

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Los investigadores del 27 algún día tendrán que afrontar un difícil y apasionante reto: el estudio de los pseudónimos utilizados por algunos miembros de esta excepcional Generación en diversos momentos de su vida literaria.
Un pseudónimo puede ser simplemente una careta, un antifaz o un juego con el que un autor evade la responsabilidad de lo escrito frente a sus lectores, y puede ser también un simple adorno, un revestimiento que además de encubrir añade un toque de misterio o de sugestión: es la que llamaba de modo genial Ramón Gómez de la Serna “la hopalanda del pseudónimo”. Este deseo de ocultación de la verdadera identidad llevó a un joven Jorge Guillén a firmar sus artículos de crítica literaria desde París con los nombres de Félix de la Barca y Pedro Villa; conocidos son hoy los falsos nombres de Ángel Cándiz o de Alfonso Donado –este último con carácter de parcial anagrama– que utilizó en su día Dámaso Alonso. Y a sus últimos años de vida corresponde el provocativo “Abinareta”, tras el que se cobijó un radicalizado y descontentadizo José Bergamín. Son ejemplos extraídos todos de esta brillante Generación.
¿El nombre hace al hombre? Pedro Salinas clamaba por boca de uno de los personajes de su pieza teatral La bella durmiente contra la inveterada costumbre de marcar de por vida al recién nacido con un nombre “a gusto de los papás o de los abuelos –decía textualmente–, para siempre y sin apelación posible”. El cambio de nombre permitiría a los protagonistas de esta deliciosa obra saliniana vivir un amor esperanzado y hasta inventar aquel nuevo nombre propio que cuadra mejor con la personalidad de cada uno.
 Bien sabemos –humor saliniano aparte– que las cosas no son así. El nombre no es una marca indeleble, como un tatuaje de la personalidad, ni añade más significación que aquella que la etimología le procura. Es el hombre el que hace al nombre y lo carga de un sentido exclusivamente propio e individual.
Vicente Aleixandre, como es bien sabido, recurrió en el arranque de su carrera literaria a dos falsos nombres o pseudónimos para firmar dos poemas suyos, aparecidos en la revista Grecia, en febrero de 1920. Y aún empleó un tercer pseudónimo cuando ya era el conocido autor de Ámbito (1928): la revista sevillana Mediodía, en 1929, publicó bajo el nombre de un amigo suyo dos poemas que podrían haber entrado perfectamente, por lenguaje y visión del mundo, en su libro inicial. Esta búsqueda de un pseudónimo que lo encubriera, en tres ocasiones, y espaciadas en una década, no es del todo “inocente”, y nos revela la natural inclinación del poeta a construir un orbe en el que al mismo tiempo él está y no está, aparece y se oculta: define un ser hipostático y una callada intención.

4 de mayo de 2015

Não é fado normal

Por Hugo Milhanas Machado

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Vinha no balanço dos poetas lá da terra e quando a canção começa a crescer alguns de nós batem palmas, outros procuram o rosto de um amigo não muito longe, queremos perceber o chegar da música e como bate e como começa a ficar a música em cada um de nós, por isso mexemos e olhamos depressa, temos aquela sensação do amigo que passa perto e não acaba de chegar, mas vai chegando, e depois tudo se começa a baralhar e confunde, começam essas terras a mostrar onde a gente não está e onde se calhar nem sequer quer estar, lugares ao fim e ao cabo bonitos, ou lugares de que a gente pode gostar, lugares fora de lugares, lugares bons, e a intuição mete-se gorda connosco e começamos a dizer ou a pensar que aquilo não é normal, ou primeiro pensamos muito fundo cada um de nós e depois dizemos como segredo, muito baixinho, nos pés da fala ou da falinha como aquele amigo disse, que isto não é normal, que não devia ser assim, que a guitarra vai por um sítio maluco, que faz até um estremecimento no corpo tipo navio, como se a gente andasse embarcada mas só de noite, nas horas do dormir e do esquecer, ainda que às vezes só desejemos dormir tão depressa quanto possível, por gumes uma viagem, e voltar a um dia parecido no dia seguinte, com coisas próximas e vizinhas, a música às vezes também faz isso mas por mais tempo, durando-nos muito mais tempo, ao ponto de acreditarmos ser possível retomar o passado todo ele num achado momentâneo de entusiasmos, quando crescem em nós emoções até então de pedra e compreendemos que algo em nós tinha começado a mudar, mas quando?

3 de mayo de 2015

Dos palabras encienden la noche

Un relato de Fernando de las Heras

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Siempre creí tener claro los motivos que pusieron en marcha mi huida a Lisboa. Pero estos días en los que se cumplen diez años de aquel viaje, empiezo a pensar que los inventé todos.
Yo por entonces había regresado a la nueva casa de mis padres. Después de un infructuoso año académico buscaba razones que me motivaran en lo que siempre había considerado mi verdadera vocación. Era un joven escritor que, sin mucho acierto aún, dedicaba las horas a recorrer bibliotecas, tristes clubs de lectura y todo lugar en el que encontrar atisbos de eso que consideraba verdadera literatura.
Llevaba ya un buen tiempo sin escribir, tal vez, falto de historias que pudiese considerar mías. Y a pesar de que los primeros días en casa fueron catastróficos, con cierto asombro por mi parte, encontré en mis noches frente a la ventana de mi cuarto un extraño placer. Desde allí contemplaba un viejo hotel situado a unos cientos de metros de mi casa. Aunque continuaba abierto, desde hace años no recibía la visita de ningún huésped. Ninguna luz en sus ventanas. En cambio, sobre sus nueve plantas deshabitadas descansaba un letrero que parpadeaba en azul y rojo con su nombre, Hotel Lisboa.
Cada noche, como si se tratase de una cita, me servía una copa, ponía algo de jazz en mi equipo, y permanecía en mi ventana mirando el letrero.
En una ciudad como Badajoz, aquel luminoso entre los demás edificios del barrio suponía para mí algo más que un reclamo para mosquitos y tristes de corazón. Una emoción que sin darme cuenta me mantuvo aquellas noches en alerta.
Una mañana mientras pensaba en la gente que habría visitado el hotel, en qué hicieron allí, en qué estarían haciendo ahora en sus vidas anónimas para no volver, decidí por sorpresa redactar una carta al director del hotel. En ella, después de alguna consideración política y poética menor sobre mi vida y mi bloqueo como escritor, le agradecía que a pesar de no tener visitante alguno, cada noche decidiese incansablemente iluminar aquellas dos palabras. Que supiese, al menos por mi parte, que había un espectador, vecino suyo, que reconocía su esfuerzo.
Como es de suponer, esperé con ganas unas palabras afectuosas de mi desconocido director. O al menos un acuse de recibo en el que me asegurase que su actividad diaria, encender nuestro letrero, no dejaría de suceder. El mero hecho de imaginar que un día, sin previo aviso, no encontrara mi faro girando me descolocaba por completo.

2 de mayo de 2015

En cuanto el sol perdura. Leyendo al poeta António Ramos Rosa

Por Antonio Rivero Machina

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No vamos a descubrir ningún recóndito portento, ni es esta la reivindicación de un poeta raro, conocido apenas por un círculo selecto e iniciado en elitistas minorías. António Ramos Rosa es uno de esos contados escritores cuya muerte, ocurrida en el no muy lejano septiembre de 2013, merece al menos un espacio de cuarenta y cinco segundos en los telediarios de su país. En la prensa española, una digna necrológica en El País del 9 de octubre de 2013 nos informaba de su fallecimiento. Su figura se presta fácilmente al mito. Su biografía no ha de ser laboriosamente adornada por el crítico, o cubierta con un decoroso manto de silencio sobre algún capítulo turbio de su pasado. Porque el autor de O grito claro se significó sin ambages –bien que sin caer en el temerario heroísmo cacareado por tantos y practicado por tan pocos– en contra de un Estado Novo salazarista en el que le tocó vivir y crecer como poeta. No caeremos pues en la hagiografía fácil, que la vida honesta de este militante del Movimento de Unidade Democrática se basta por sí sola ante la historia. Tampoco repetiremos en innecesario refrito lo que sus principales analistas –Ana Paula Coutinho Mendes, António Guerreiro– han dicho con probable acierto sobre su poesía elemental y desnuda, sobre sus tres etapas, sobre sus influencias ora pessoanas, ora budistas, ora presocráticas.
Baste decir que Ramos Rosa nació al sur del Algarve, en la costera ciudad de Faro, el año de 1924. Mirando en el espejo ibérico, diremos que fue un año mayor que Ángel González o Ignacio Aldecoa, dos que Caballero Bonald y José María Valverde. Baste a ello añadir que en la década de los cincuenta, desde la revista Árvore (1951-1953) –seguida de Cassiopeia (1956) y Cadernos do Meio-dia (1958-1960)– que él mismo comandaba, levantó junto a sus compañeros de generación nuevas propuestas poéticas más allá de neorrealismos militantes y presencismos trasnochados. Vinieron a insertarse así en un panorama ya de por sí rico y variado –merced a los mayores Miguel Torga, Casais Monteiro, Alberto de Serpa, Eugénio de Andrade, Jorge de Sena, Sophia de Mello Breyner y otros tantos–, al que también se sumaban los surrealistas de Lisboa –Mário Cesariny, Alexandre O´Neill– de su misma generación. Ramos Rosa y los suyos apostaron, sin embargo, por la búsqueda de un lenguaje poético elemental que tuviera en lo humano su médula poemática.

1 de mayo de 2015

“Más interesante que ser los primeros o los segundos es hacer las cosas bien. Eso es lo que al final cuenta”. Entrevista a Antonio Sáez Delgado

Por Antonio Rivero Machina

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Nos citamos en un céntrico café de Badajoz con Antonio Sáez Salgado, ese cacereño que habita desde hace años la frontera con el Alentejo como espacio exacto en el que ubicarse. Galardonado hace menos de un año con el Premio Eduardo Lourenço, reservado a quienes más hacen por el entendimiento a uno y otro lado de La Raya y sus culturas, en el trato personal es siempre sencillo y de gestos francos. Profesor de literatura española, comparada y de traducción en la Universidad de Évora, Sáez Delgado acumula una importante bibliografía académica en torno a las relaciones literarias peninsulares durante el primer tercio del siglo XX en volúmenes como Órficos y ultraístas (ERE, 2000), Corredores de fondo (Llibros del Pexe, 2003) o sus viejos y nuevos Espíritus contemporáneos (Renacimiento, 2008 y 2012). Como traductor ha vertido al castellano nombres tan diversos como Fialho de Almeida, Fernando Pinto do Amaral, António Lobo Antunes, Mário de Carvalho, José Gil, Valter Hugo Mãe, Paulo José Miranda, Teixeira de Pascoaes, José Luis Peixoto, Eduardo Pitta o Fernando Pessoa. Una labor que no se contenta con ello. Antonio Sáez Delgado es también autor de sus palabras en libros que, más allá de géneros, exploran su propio timbre. Así en los poemarios Miradores (Del Oeste Ediciones, 1997) y Ruinas (ERE, 2001), en el dietario En otra patria (Llibros del pexe, 2005) o en el más reciente Yo menos yo (De la luna libros, 2012).
Llegamos puntuales a la cita, a despecho de tópicos nacionales y demás imagologías sobre el español y el portugués, o peor aún, sobre el extremeño y el alentejano, que un poco de todo y de nada nos sentimos ambos. Elegimos un café tranquilo, sin mucha concurrencia, para mejor desempeño de mi grabadora. Media la mañana y un precoz sol de primavera invita a un paradójico optimismo. Antonio se pide un zumo de naranja natural –haremos caso a don Quijote en eso de detallar las viandas de los personajes– y yo un descafeinado de máquina. Charlamos un rato del presente social, económico y académico de esta Europa nuestra hasta que la conversación desemboca, como no podía ser de otra manera, en Fernando Pessoa y su ya centenario desasosiego.